
Tras
el éxito de Wicked, este año llega su segunda parte con la responsabilidad de
cerrar una de las historias musicales más queridas del público moderno ya que no
solo retoma el conflicto emocional entre Elphaba y Glinda, sino que busca darle
un desenlace digno a un universo donde la magia convive con la manipulación
política, las apariencias y la búsqueda de identidad. La cinta en general, se
sostiene gracias a un corazón fuerte, un diseño visual deslumbrante y un par de
momentos que retoman la esencia del musical original.
Tras
los acontecimientos de la primera parte, Elphaba (Cynthia Erivo) ahora vive en el exilio,
luchando desde las sombras contra un sistema que oprime a los animales y que ha
manipulado a Oz bajo el discurso del Mago, mientras que Glinda (Ariana Grande), siendo figura
pública, enfrenta las consecuencias de mantenerse fiel a un sistema que
comienza a resquebrajarse, esto hace que ambas se vean arrastradas hacia un punto
decisivo donde sus ideales chocan de forma irreversible que nos llevara hacia
un final donde sabremos quienes son las brujas de Oz.
Wicked:
Por Siempre encuentra su mayor fortaleza en cómo culmina el viaje emocional de
Elphaba y Glinda ya que es un eje narrativo que sostiene con firmeza la
película incluso cuando otras áreas pierden equilibrio. La química entre ambas se
convierte en el motor que impulsa cada giro dramático gracias a que sus
miradas, confrontaciones y silencios cargan una tensión emocional que habla de
dolor, lealtad, arrepentimiento y madurez, haciendo que la obra entienda que,
al final, esta historia trata de una amistad fracturada que se vuelve más
significativa cuanto más oscuro se vuelve el mundo que habitan.
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Sin
embargo, el guion muestra una dualidad clara, por un lado, está construido con
una intención muy definida al cerrar los temas principales que la primera parte
dejó abiertos, subrayar la manipulación mediática en Oz y darle peso a los
dilemas de identidad que persiguen a sus protagonistas, en donde el desarrollo
de Elphaba y Glinda está bien delineado, mostrando cómo ambas cargan con
decisiones que no pueden revertir y cómo su crecimiento implica asumir
responsabilidades que van más allá de su reputación.
Pero
por otro lado, esta misma concentración en los dos personajes centrales provoca
que el resto del elenco quede relegado ya que muchos secundarios que podrían
aportar capas adicionales al conflicto o enriquecer la dimensión política de
Oz, reciben un tratamiento superficial, sus arcos se sienten comprimidos, sus
decisiones rara vez se exploran en profundidad y en algunos casos, su presencia
parece más funcional que narrativa, esto no rompe la película pero sí limita el
potencial de un universo que daba para más.
En
cuanto al tema musical, las nuevas canciones cumplen su propósito dentro de la
historia pero difícilmente se quedan grabadas en la memoria, falta ese impulso
emocional o melódico que caracterizaba los números del musical original y aunque
están bien interpretadas y situadas en sus respectivos momentos dramáticos, no
generan el mismo impacto ni elevan la emoción de las escenas donde aparecen, percibiéndose
un vacío musical que limita la grandeza del clímax.
Visualmente,
es un deleite, la fotografía abraza tonos más densos y atmosféricos, reflejando
una Oz marcada por el desgaste social y la tensión política, el diseño de
producción construye escenarios amplios, cargados de textura emocional donde
cada detalle refuerza el carácter de esta segunda parte, siendo más madura, oscura
e introspectiva. Los contrastes entre la apariencia pública de Glinda y el
mundo marginal donde se mueve Elphaba crean un lenguaje visual que sostiene el
conflicto incluso sin necesidad de diálogo.
A
nivel de dirección, la cinta muestra un trabajo que si bien no es
revolucionario, sí mantiene una identidad visual y rítmica que le da coherencia
al relato porque se nota una mano firme para equilibrar las atmósferas densas
con momentos de respiro, permitiendo que la carga emocional y la intriga
convivan sin atropellarse. Cada escena sostiene el misterio y refuerza el tono
melancólico, evitando excesos estilísticos que rompan la inmersión y aunque
algunos movimientos de cámara pueden sentirse más convencionales de lo
esperado, el conjunto funciona porque la puesta en escena prioriza siempre la claridad
narrativa.
Y
si el guion tiene sus defectos, en el ritmo también se perciben ciertos
tropiezos ya que la película, apostando por un tono más lento y contemplativo, beneficia
algunos momentos íntimo pero termina afectando
la agilidad de la segunda mitad, hay secuencias que podrían haber tenido mayor
fuerza con un montaje más dinámico, especialmente aquellas relacionadas con la
rebelión en Oz o la confrontación final pero aun así, el filme nunca pierde su
rumbo, pues la relación entre las protagonistas mantiene la coherencia
dramática.
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En
definitiva, Wicked: Por Siempre entrega un cierre que aunque imperfecto,
conserva la honestidad emocional y la carga simbólica que esta historia merece
ya que sus sombras son visibles al ofrecer canciones con poco impacto,
secundarios sin desarrollo pleno y un ritmo que ocasionalmente se estanca pero
sus luces brillan lo suficiente para que la película se sienta grande,
significativa y fiel a lo que ha construido desde el inicio, siendo un final
que respeta a sus personajes y honra su evolución.
Este desenlace no apuesta por el impacto fácil ni por el espectáculo desmedido, sino por la coherencia emocional de un viaje que siempre estuvo definido por decisiones difíciles, silencios incómodos y vínculos puestos a prueba ya que el filme entiende que su verdadera magia no está solo en el hechizo visual, sino en la forma en que transforma la caída, la pérdida y la redención en un último gesto de significado, dejando una sensación de despedida que no busca deslumbrar, sino permanecer.
Calificación: 8/10
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