Después
de 32 años de trayectoria, veinte álbumes de estudio y una carrera marcada
tanto por grandes clásicos como por constantes experimentaciones, Weezer
demuestra con Weezer (Gold Album) que a veces no hace falta reinventarse para
volver a encontrar aquello que hizo especial a una banda desde el principio ya
que este nuevo material, representa un regreso consciente a sus raíces más
guitarreras, dejando de lado buena parte de los experimentos sonoros de sus
últimos trabajos para recuperar ese rock alternativo, melódico, energético y
desenfadado que durante décadas ha definido su identidad.
El
propio título y especialmente el color dorado elegido para esta nueva etapa,
tienen un significado que va mucho más allá de una simple decisión estética
porque después de haber recorrido distintas tonalidades a lo largo de su
carrera, el dorado parece representar el valor de un legado que ha conseguido
mantenerse vigente con el paso de los años, de hecho no es casualidad que una
banda con más de tres décadas de historia haya decidido utilizar precisamente
este color, el cual hace que Gold Album funcione como una especie de
celebración de todo lo que Weezer ha construido desde 1994
Y
es precisamente ese legado el que convierte a Gold Album en una propuesta
particularmente interesante ya que Weezer ha pasado buena parte de los últimos
años experimentando con diferentes sonidos, conceptos y maneras de entender su
propia música, desde el pop más accesible de Pacific Daydream, pasando por el
ejercicio de reinterpretación de Teal Album, la oscuridad de Black Album, la
propuesta orquestal de OK Human, la energía más cercana al hard rock de *Van
Weezer* y la ambiciosa estructura conceptual de SZNZ, la banda nunca ha tenido miedo
de probar cosas diferentes.
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Sin
embargo, después de tantas búsquedas, aquí decide volver a hacer rock y lo
interesante es que esa decisión no se siente como un retroceso, sino como una
consecuencia natural de todo lo que ha ocurrido anteriormente porque Weezer ya
experimentó, ya intentó diferentes fórmulas y ya demostró que puede moverse por
terrenos bastante distintos pero ahora, parece interesada en recordar que antes
de todas esas transformaciones, había una razón muy sencilla por la que
millones de personas conectaron con ella, ósea, escuchando canciones capaces de
transmitir mucho sin necesidad de complicarse demasiado.
Por
supuesto, eso no significa que el álbum sea perfecto ya que hay canciones que
tienen mayor impacto que otras y algunos momentos pueden sentirse demasiado
cómodos o familiares para quienes esperaban una nueva reinvención pero el
regreso a las guitarras y a las estructuras más clásicas, también puede
provocar la sensación de que Weezer está recurriendo a una fórmula que conoce
demasiado bien, sin embargo, sería injusto utilizar esa falta de innovación
como argumento para desestimar el disco porque precisamente esa familiaridad es
parte de aquello que Gold Album busca recuperar.
Desde
“Say Yes”, el álbum deja bastante claro hacia dónde quiere dirigirse ya que las
guitarras vuelven a ocupar un lugar protagonista, las melodías tienen una
inmediatez característica y la interpretación vocal de Rivers Cuomo recupera
buena parte de esa mezcla entre seguridad e inseguridad que ha acompañado a
Weezer desde sus primeros años, no se trata de intentar reproducir exactamente
el sonido de 1994, sino de recuperar la sensación que existía detrás de una
banda joven que encontraba belleza en hacer canciones sencillas, directas y
honestas.
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Esa
misma filosofía aparece en “Shine Again”, uno de los temas que mejor
representan el regreso de las guitarras y que además, resulta especialmente
significativo por contar con Patrick Wilson como compositor, aquí su presencia
creativa de es uno de los elementos más interesantes de todo el álbum porque
pese a que durante décadas ha sido una pieza fundamental del sonido de Weezer
desde la batería, su participación compositiva adquiere aquí una relevancia especial,
lo cual ayuda a que Gold Album se perciba como un trabajo de una banda que
vuelve a funcionar de manera colectiva.
Por
otro lado, “Don’t Make It Weird” demuestra que regresar a las raíces no
significa abandonar el sentido del humor ni la personalidad peculiar que
siempre ha acompañado a Weezer porque ellos, nunca han sido completamente
solemnes y buena parte de su encanto proviene precisamente de esa capacidad
para combinar momentos vulnerables con cierta irreverencia, haciendo que la
canción encaje dentro de esa tradición y ayude a que la banda pueda hablar de
su pasado y legado pero conservando esa capacidad para reírse de sí misma y no
tomarse demasiado en serio.
Despues,
“We Might as Well Be Strangers”, la cual cuenta con la participación de Karly
Hartzman, vocalista de Wednesday, representa una excelente manera de conectar
el legado de Weezer con una sensibilidad más contemporánea, evitando que el disco
quede completamente encerrado en su propia nostalgia, en donde la combinación
entre la voz de Hartzman y Cuomo, aporta una textura diferente y refuerza el
carácter melancólico de una canción que habla de la distancia emocional y de la
sensación de convertirse en desconocidos para alguien que alguna vez estuvo
cerca.
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Y
si existe una canción que prácticamente funciona como la llave para entender todo
el concepto del disco es “C.E.O.”, un tema que resulta especialmente
interesante porque Weezer parece ser plenamente consciente de las expectativas
que existen alrededor de su propia música, después de tantos años, la banda
sabe perfectamente qué quieren escuchar muchos de sus seguidores y conoce la
enorme sombra que proyectan discos como The Blue Album y Pinkerton porque en lugar
de ignorar esa realidad, C.E.O. juega con ella y convierte la presión de
mantener un legado en parte de la propia propuesta artística.
“Hoops”
continúa con esa filosofía de canciones compactas, directas y fáciles de
disfrutar, mientras que “Nowhere” recuerda que la experiencia acumulada de la
banda también forma parte del sonido de esta nueva etapa, en donde “The Show
Must Go On” se convierte en una declaración de resistencia y permanencia que es
apropiado para un grupo que lleva más de tres décadas haciendo música, mientras
que “Up in the Clouds” mantiene esa mezcla de melodía, nostalgia y reflexión
que atraviesa buena parte del disco para llegar a “The LA Sound”, un cierre que
mira hacia California y a la identidad de Weezer.
En
definitiva, Weezer (Gold Album) no será recordado necesariamente como uno de
los puntos más altos de la discografía de Weezer pero sí puede terminar siendo
recordado como uno de sus regresos más satisfactorios a lo esencial ya que que
entiende el peso de su propio legado, el uso del dorado como una representación
bastante acertada de todo aquello que la banda ha conseguido conservar durante
32 años y que después de experimentar con prácticamente todo lo que ha tenido a
su alcance, decide volver a los orígenes para ofrecer un material capaz de hacer
felices a sus seguidores.
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