
Después
de un tiempecito, Ari Aster regresa con una película que se mueve como un
caballo salvaje que es impredecible, inquieto y con más de una patada
inesperada, Eddington no es el terror de Hereditary ni el folclore perturbador
de Midsommar, es un western pandémico deformado en sátira política, un retrato
de un lugar y un momento histórico donde la tensión se mastica y la convivencia
es una mecha encendida, siendo una obra que se arriesga a frustrar a su
audiencia como a fascinarla.
Aster
convierte a Eddington en un escenario que parece fuera del tiempo con un pueblo
polvoriento donde las fachadas de madera conviven con antenas satelitales y los
ecos del viejo oeste se mezclan con el zumbido de los ventiladores y las notificaciones
de teléfono, es un territorio atrapado en una contradicción permanente que
respira tradición pero se ahoga en la inmediatez de la era digital y en ese
limbo, cada gesto cotidiano se convierte en un posible detonante.
La
película no se conforma con contar una historia debido a que la disecciona desde
dentro, explorando los hechos y el clima invisible que los alimenta ya que aquí,
la amenaza no son forajidos ni bandidos, sino la desconfianza, desinformación y
el miedo convertido en arma política. Eddington es en ese sentido, tanto un
retrato del pasado reinventado como un espejo incómodo del presente, volviéndose
así un recordatorio de que la violencia empieza con una palabra mal dirigida en
el momento preciso.

La
historia de la cinta se centra en la pandemia del coronavirus, específicamente en
el ficticio pueblo de Eddington, el cual se encuentra atrapado en una olla de
presión social y provoque que el sheriff Joe Cross (Joaquín Phoenix) y el
alcalde Ted García (Pedro Pascal), encarnen dos polos opuestos de una comunidad
partida por la pandemia, teorías conspirativas y el hambre de poder pero lo que
comienza con roces burocráticos y choques verbales, escala hasta convertirse en
un incendio ideológico donde la verdad es relativa, las mentiras se viralizan y
cada vecino parece tener su propio manifiesto.
El
guion es sin lugar a dudas, el corazón palpitante y también el talón de Aquiles
de Eddington ya que Ari Aster lo aborda como si fuera un cartógrafo
obsesionado, ósea, dibuja un mapa minucioso de tensiones, prejuicios y delirios
colectivos y luego nos obliga a recorrerlo a pie sin atajos. Cada diálogo está
cargado de intención ya sea para desnudar la paranoia social, ironizar sobre la
fragilidad política o capturar esa absurda mezcla de miedo y ego que definió el
2020, ya que caen como martillazos y algunos imposibles de olvidar.
Sin
embargo, esa misma densidad narrativa juega en su contra porque en su afán por
explorar cada rincón del conflicto, Aster no teme frenar el avance de la trama
para detenerse en una conversación aparentemente trivial o en una situación que
aunque atmosférica, se siente más como un desvío que como un paso adelante.
Estos momentos, aunque enriquecen el mundo y el tono de la película, generan
una sensación de letargo como si el reloj de Eddington funcionara con un tempo
distinto al del espectador.
Lo
más interesante es cómo el escrito se atreve a romper las reglas del género, no
es un western tradicional pero toma sus códigos con el duelo moral, la tensión y
el enfrentamiento de figuras antagónicas, trasladándolos a un contexto
pandémico y digital, ofreciendo un resultado híbrido que oscila entre el
absurdo y el drama donde un rumor en Facebook puede tener el mismo peso que un
disparo al aire, esa mezcla es su mayor hallazgo y para algunos, su mayor
rareza.
En
cuanto a la dirección, Aster amplifica lo escrito con una puesta en escena
quirúrgica ya que los silencios pesan tanto como las palabras, las miradas
sustituyen párrafos enteros y el encuadre funciona como un juez silencioso,
además, la fotografía aporta otra capa de lectura con el pueblo bañado en tonos
ocres y sombras largas, pareciendo suspendido en un limbo temporal, atrapado
entre el mito del viejo oeste y el caos del presente.
Posteriormente,
el reparto eleva las líneas del escrito a niveles que en otro elenco, quizá no
habrían funcionado igual, Joaquin Phoenix con una interpretación tensa y casi
física en su incomodidad, encarna un sheriff que es tanto autoridad como un
hombre al borde de perder el control, mientras que Pedro Pascal le contrapone
una calma calculada y el tipo de serenidad que inquieta gracias a que se
percibe como una máscara estratégica y cuando ambos comparten escena, el panfleto
se vuelve una cuerda que amenaza con romperse.
Sinceramente
Aster, siendo fiel a su estilo no ofrece concesiones fáciles ni busca
respuestas o finales que limpien la tensión acumulada ya que prefiere dejar al
espectador con preguntas, incomodidad y la sensación de que la historia podría
seguir retorciéndose mucho después de que los créditos caigan. Así, la película
no se mide solo por lo que cuenta, sino por lo que deja rondando en la mente,
como un eco incómodo que se resiste a apagarse.
En
definitiva, Eddington es como un caballo que a veces galopa con una fuerza
hipnótica y otras se queda quieto mirando el horizonte sin avanzar, es una obra
valiente, visualmente impecable y temáticamente punzante pero también irregular
con tramos que fascinan y otros que confunden o desgastan por su lentitud. Es
una película que dispara ideas potentes y reflexiones incómodas, aunque no
siempre acierta en el blanco, no es mal filme pero es uno atrapado en su propio
laberinto narrativo que es confuso, ridículo y algo lento
Al
final, lo interesante de la obra es que pese a sus varias fallas, nunca deja de
provocar una reacción ya que cada escena, diálogo cargado de ironía o tensión,
obliga al espectador a mantenerse alerta, a cuestionar lo que ve y lo que
escucha. La película puede frustrar por sus deficiencias pero esa misma
incomodidad, al menos le da carácter y presencia, no es perfecta pero quizás su
valor radica en desafiar expectativas, incomodar y dejar huella de manera
fragmentada.
Calificación: 7.5/10
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